“Mi obra es un largo viaje a través de geografías, océanos, culturas, cosmovisiones”.

Entre el 30 de octubre y el 22 de noviembre pasados, el joven artista cordobés Nicolás Abal presentó “Visiones del Akelarre”, una colección de collages en pequeño formato en la que nos permitió espiar el resultado de su búsqueda introspectiva y sostenida, y su interés por lo esotérico.

 

Si hay algo que caracteriza a Nicolás Abal no es, precisamente, la quietud o la indefinición. Desde muy pequeño, cuando aún no sabía leer, estableció un juego con las imágenes, con ese lenguaje a través del cual podía conocer y comenzar a interpretar las cosmovisiones de las antiguas civilizaciones, tanto de América, como de otras partes del planeta. Un juego que muy pronto se convirtió en interés, en estudio, en investigación, en conocimiento, en motivo de viajes, en apertura, en descubrimiento. Un juego que no se detiene, ni se limita a un espacio determinado, a una sola disciplina, a una idea o a un recurso. Un juego que crece y se enriquece permanentemente.

Nicolás Abal nació en 1991, en Córdoba, donde actualmente vive y trabaja. Su obra abarca pintura, fotografía de viajes, grabado y actualmente collage analógico y digital. Sus exposiciones más recientes han sido “Xanadú” (Río Cuarto, Córdoba), “El reino del fuego” (San Martín de los Andes, Neuquén) y “Fú-El retorno de lo luminoso” (Río Cuarto, Córdoba). En forma colectiva, ha expuesto en espacios como la Trienal Iberoamericana de Grabado (Museo Sívori, Buenos Aires), en el Museo de Arte Contemporáneo de Cuzco (Perú) y en la muestra itinerante Arte en Red, que recorrió varios museos de Argentina en 2016 y 2017. Aparece como “artista emergente” en el libro/catálogo “FLAMANTES!”, publicado en Madrid, España, en 2017 y, actualmente, integra el grupo multidisciplinario “Sin filtro”, ganador del programa “Escena Pública”, de la actual Secretaría de Cultura de la Nación. También incursiona en lo audiovisual, desarrolla su proyecto musical y ha participado en experiencias desde la gestión cultural.

Su última muestra de 2018 fue “Visiones de Akelarre”, en el Espacio Cultural de la OEI, donde exhibió una serie de collages en los que desarrolló visualmente sus impresiones fruto de la experiencia de su viaje a las cuevas de Zagarramundi, en el País Vasco, donde hasta el siglo XVII se realizaban rituales y hechizos esotéricos. Las obras, presentadas en pequeño formato, permitían al espectador introducirse en las distintas escenas, a modo de alguien que “espía”, a través de mirillas, invadiendo una intimidad a la que no fue convocado.

 

¿Cuándo y cómo fue tu primer acercamiento o tu encuentro con las artes visuales?

Desde niño viví con mucha curiosidad por la historia. Antiguas civilizaciones, egipcios, sumerios, incas, aztecas. Las artes visuales han sido el vehículo de la historia, la memoria de los pueblos. Hay un lenguaje que habla a través de las formas, más allá de lo material.

Además de pasar mucho tiempo entre libros (como no sabía leer, leía imágenes), frecuentaba talleres de artistas amigos de mi familia, y también grupos de teatro, escritores y otros personajes bohemios. Una de estas artistas fue Rive Fischman, quién después sería mi primera maestra de alquimia. En su taller aprendí a trabajar el aguafuerte y diversas técnicas de grabado en metal. Ácidos, óxidos, dióxidos; azufre, cínc, plomo, cobalto. Papel, impresiones. Pasé mi infancia atento a formarme técnicamente como artista porque era mi juego favorito. Eran los años 90, último momento del mundo analógico. Desde 2000 el salto cuántico tecnológico aceleró las cosas vertiginosamente, sumergiéndonos en la nube, y aquí sigo jugando a la materialización, con otro tipo de medios, pero siempre el ritual es el mismo.

¿Qué importancia tienen los viajes que realizaste en el desarrollo de tu obra?

No son partes escindidas. Mi obra es un largo viaje a través de geografías, océanos, culturas, cosmovisiones. Es lo que voy haciendo mientras camino por el mundo. Es una búsqueda permanente, en el interior y en el exterior. Me siento nómade por naturaleza, hacer arte me salva de la locura del sedentarismo urbano. Vivir en el centro geográfico de Argentina me permite relacionarme de un modo muy especial con el entorno. Hay otra conciencia del contexto ambiental, social, político, económico y también espiritual.  Moverme permanentemente por mi país y mi continente me ayudó a romper y traspasar el molde cultural que traemos impuesto. Entender que hay una memoria colectiva muy honda más allá del límite de nuestras ciudades y sus instituciones. De los estados-nación. Que la percepción del tiempo no es hegemónica, como no lo son tampoco las líneas históricas de nuestras civilizaciones, muy a pesar de la agenda impuesta por los “vencedores” de la batalla cultural. Recientemente descubrí un concepto aymara, “Cheje” Gris, hecho de colores blanco y negro pero yuxtapuestos y que de lejos parece un tercer color, aunque sean opuestos que no se funden. Mestizo, ni indio americano ni blanco europeo, en esa indeterminación radica la fuerza  del Cheje como sujeto étnico.

¿Cómo describirías el desarrollo de tu obra y de tu imagen artística personal, hasta “Visiones de Akelarre”? ¿Considerás que hay continuidades, rupturas, cambios de rumbos?

Los disparadores son diversos, pero con un sentido unilateral: la creación como práctica místico/esotérica y la presencia del sexo y la muerte como pilares del devenir creativo. Mis temas, por universales, son políticos, porque todo arte es político.

Hasta 2010 me había concentrado casi exclusivamente en la pintura. Ese año me mudé  Buenos Aires, donde me inicie en el trabajo de gestión cultural desde el under, organizando festivales y muestras en un momento de especial efervescencia multicultural. Dejé de hacer obra plástica, pero comencé a nutrirme de otros lenguajes, a estudiar música, a componer y cantar, a hacer visuales para bandas y puestas teatrales. En 2012 comencé a incursionar en la fotografía digital, que luego sería mi herramienta de poder mientras viajaba a lo largo de dos años por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. Comencé un proyecto llamado Abya Yala (nombre con el que se denominó a este continente y parte de sus pueblos originarios antes de la llegada de los europeos) y en el que sigo trabajando.  En 2015, y de vuelta en Córdoba, retomé la pintura, pero ya no con materiales procesados industrialmente, sino produciendo mis propias pinturas con pigmentos básicos, óxidos, aceites, emulsiones acrílicas, volviendo a la práctica alquímica con la que me inicié en el arte. Luego llegó el collage.

¿Qué es y por qué “Visiones del Aquelarre”?

Siempre tuve interés por lo esotérico. Vivimos en una sociedad exotérica y dominada por la imagen y la inteligencia artificial, en la que cultivar dones intuitivos y creativos implica un desafío y un privilegio. Desarrollo mi obra como ejercicio y como ofrenda pagana por los dones recibidos. Siempre trabajo sobre visiones, en todos los medios que abordo. Antes que la técnica, hay una búsqueda introspectiva y sostenida. Ahí está la mayor parte del trabajo. Hace unos meses estuve en un lugar muy especial, un pequeño pueblo en el País Vasco, cerca de la frontera entre Francia y España. Este pueblo, Zugarramurdi, conocido como el “pueblo de las brujas”, alberga una monumental cueva, por cuyo interior corre el lecho de un arroyo,  asemejando a un gran útero de piedra y que está a su vez conectada con otra red de cuevas montañosas en los Pirineos, como las de Urdazubi y Sara. Esta cueva, habitada desde tiempos remotos y lugar de culto de antiguas religiones, era conocida entre los pueblos vascos con el nombre de Akelarre, palabra euskera formada de aker= macho cabrío y aurrean= delante, es decir, “Frente al Macho Cabrío”.  Con la llegada de la inquisición cristiana, los españoles la bautizaron “Catedral del infierno”, y entre 1609 y 1614 juzgaron y condenaron por brujería a once mujeres del lugar, quemándolas vivas en el interior de la cueva de Zugarramurdi. Siento que visitar este lugar, meditar allí, fotografiarlo, rendir mi ofrenda condensó un largo camino iniciático como artista, como ser creativo en el mundo. Tengo bien claro que frente a esta oleada de locura neofascista cristiana que nos interpela a golpes, a nivel continental, bueno, yo estoy del lado de las brujas y los herejes. Y me encanta. Desde allí me posiciono y miro el mundo, y devuelvo estas imágenes. Estas visiones de Akelarre.

¿Por qué el collage como camino para estas imágenes?

Es un trabajo un poco arqueológico, escarbar entre libros, fotografías, diarios, revistas, enciclopedias, hurgando, estableciendo conexiones entre imágenes, relatos, impresiones de la historia. Es un ir constantemente a las fuentes de la historia del arte y del mundo. A los maestros. Y al mismo tiempo es un chiste visual sobre la modernidad y su derretimiento. Me gustan mucho  Zygmunt Baumann y su teoría de la modernidad líquida. Sobre el arte reflexiona: El arte se diferencia de la religión en que no niega la realidad del caos ni pretende enmascarar su presencia. El gran arte logra que, tras cada una de las formas que hace aparecer, veamos el ilimitado caos del ser. Cada forma in-forma que es solo eso: una forma, una construcción, un artificio. Es en este desvelar el caos cuando el arte “cuestiona todos los significados establecidos, también el sentido de la vida humana y todas las verdades tenidas por irrebatibles”. El acto de cortar, destruir y reensamblar valioso material gráfico que llevo años reuniendo y organizando es acto anárquico, muy personal, es darle voz a mi descreimiento de la historia oficial y de las categorías académicas establecidas.

¿La decisión de que las obras fueran en pequeño formato a una intención específica?

El pequeño formato implica poner la atención de otro modo en el objeto. Es una instancia más contemplativa, más íntima. Son como pequeñas ventanas a otros mundos, a micro relatos. También las vuelve piezas transportables, vendibles, intercambiables, digitalizables. Permite experimentar muchísimo, al escanear e intervenir digitalmente las imágenes salen de su dimensión e inundan animaciones, gigantografías callejeras, estampas de diversos formatos, mapping. Esta exposición, con diversas correcciones y vueltas de tuerca circuló por espacios de  Córdoba, Río Cuarto, Unquíllo, y ahora Buenos Aires. Trabajar con esta serie de obras es un poco como moverse con un gabinete de curiosidades o Wunderkammer.

¿Qué caminos vislumbrás que se abren, en lo creativo, a partir de esta muestra?

ATR. Organizando la curaduría para una muestra de gualichos y objetos curiosos en un museo histórico del sur de Córdoba. Estoy trabajando en pinturas de gran formato, a la vez que organizando trabajos anteriores para una muestra antológica. Tengo también un proyecto con Olga Suárez, artista visual, de deconstrucción y destrucción del cuerpo de obra de cada uno, para ir hacia creaciones colectivas más libres y experimentales. Una suerte de cadáver exquisito mutante que nos pone muchísimo.  Mientras tanto sigo produciendo audiovisuales, ilustrando libros, tapas de discos, adentrándome en mis proyectos musicales que tal vez en un año más verán la luz. Tengo ganas de poner más el cuerpo y la voz a mi obra. Y hace tiempo vengo tirando diversas líneas para hacer una residencia de artista en Medio Oriente. Sigo invocándolo.

El arte es… ¿Un fin en sí mismo? ¿Una excusa? ¿Un medio?

Solo es. Si me detengo a pensarlo dejo de hacer.

¿Qué es “Sin Filtro”?

“Sin Filtro” es un grupo de trabajo transdisciplinario que conformamos en 2017 durante el desarrollo del programa Escena Pública. Está integrado por Maia Morosano (Rosario), escritora y performer, Eliana Digiovani (Paraná), realizadora audiovisual, Fernando Márquez (Concordia) escritor y artista visual, Augusto Piccini (Concepción del Uruguay), músico y productor, Carmela Ternavasio (Ceres), artista visual, y yo. El nombre del grupo surgió de un modo muy lúdico, haciendo referencia a una visión unánime de no hacer concesiones discursivas ni hablar con medias tintas frente al panorama que se nos abría: generar contenido para el  ahora ex ministerio de cultura en el marco de un programa experimental de artistas emergentes.

Participan del Programa Escena Pública, de la Secretaría de Cultura de la Nación. ¿En qué consiste y cómo evaluás esa participación?

Escena Pública es un programa de formación, transferencia y enlace profesional entre artistas emergentes de distintas disciplinas y diferentes regiones de Argentina. En 2017 la Universidad Nacional del Litoral, fue sede de la edición que reunió agentes culturales jóvenes de Córdoba, Santa Fé y Entre Ríos, para desarrollar proyectos que luego serían financiados por el Ex Ministerio de Cultura de la Nación.

Con Sin Filtro desarrollamos una miniserie de ciencia ficción, “La mancomunidad”, que es un pantallazo a un mundo post capitalista en el que cuatro reinos negocian las bases de una sociedad mancomunada, no excenta de contradicciones, frivolidades y luchas de poder simbólico. Más allá del resultado, que tiene sus aciertos y sus debilidades, y plantea más interrogantes que respuestas, el proceso creativo fue una escuela acelerada de creación colectiva y de producción completamente experimental; en la que cada pieza se realizó en diferentes contextos y puntos geográficos, se filmó en Paraná, Concepción del Uruguay, Concordia, Sierras de Calamuchita y en la costa sur de Francia, en Biarritz. Se postprodujo en Córdoba y Santa Fé. Toda la música original se produjo en Ciervo Espacial, Córdoba.

 

En su relato “Seda”, Alessandro Baricco describe a su personaje Hervé Joncour como “uno de esos hombres que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla… Habrán observado que son personas que contemplan su destino de la misma forma en que la mayoría acostumbra contemplar un día de lluvia”.

Todo lo contrario a lo que demuestra ser Nicolás Abal.

JUANJO IZAGUIRRE

Buenos Aires, Primavera de 2018.